Contra la guerra imperialista en Ucrania

Una Ucrania económicamente colapsada y prácticamente en suspensión de pagos ha estado a punto de lanzarse a la aventura de una nueva guerra en Europa, tras la de los balcanes de la extinta Yugoslavia, impulsada por la OTAN y los Estados Unidos. Estos últimos se muestran prestos a reforzar su intervención con envío de más mercenarios y armamento. El Presidente Obama anunció, en el contexto de la crisis ucraniana, la asignación de 789 millones de dólares para aumentar la presencia militar en Europa para hacer frente a lo que califica como “amenaza” rusa. Paralelamente el gobierno de Estados Unidos invertirá 16 millones de dólares en los medios de comunicación europeos con la intención de reorientar a la opinión pública y lograr que la población del continente se incline por favorecer los intereses de dicho país en la región, lo que implica elevar el nivel de tensión y confrontación.

Por su parte, la UE ha estado jugando la baza económica mediante las sanciones a Rusia por su apoyo político y humanitario a las repúblicas del Donbass. En lo militar, si bien Europa mantiene cierto distanciamiento respecto a las posiciones más extremistas de Estados Unidos, lo cierto es que resulta previsible que finalmente se subordinase a los intereses de estos a través de los condicionantes que marca la pertenencia de la mayoría de los países europeos a OTAN, brazo ejecutor de las decisiones del imperialismo norteamericano.

Decía von Clausewitz que la guerra era la continuación de la política por otros medios. Se le olvidó decir que también lo era de la economía. En el conflicto de Ucrania ha existido y existe también una guerra económica. Comenzó cuando un sector de las élites económicas y políticas quisieron imponer por la fuerza un vínculo con la UE contra la decisión del gobierno legalmente constituido del Presidente Yanukovich. Para ello no dudaron en convertir esta nueva fase de la antigua “revolución naranja” en una “revolución parda”, apoyada en los grupos nazis seguidores del criminal de guerra Stepan Bandera. En esta vuelta de tuerca, de nuevo la UE, los Estados Unidos y diversas agencias injerencistas tuvieron un papel relevante en el apoyo a los sectores más reaccionarios de la sociedad y a los poderes económicos ucranianos. Las riquezas naturales que se encuentran en el subsuelo de Ucrania son una de las razones principales de la avidez de las potencias capitalistas europeas y norteamericana que pretenden jugosos beneficios mediante alianzas con las oligaquías locales.

Una de las acciones del nuevo gobierno, surgido del golpe de Estado llevado a cabo por una alianza de sectores de extrema derecha y liberales, fue la represión contra organizaciones y partidos de izquierda y el asesinato de militantes de los mismos. La negación de los derechos a su propia cultura y lengua a la población ucraniana de origen ruso (alrededor de un 20%) fue el otro. Ambos provocaron la insurrección de la región del Donbass (repúblicas de Lugansk y Donetsk). La prensa occidental califica a quienes luchan desde el este de Ucrania contra el gobierno criminal de Kiev como separatistas prorrusos. Lo cierto es que, junto a la defensa de su identidad como pueblos, a los rebeldes del Donbass les une su antifascismo, profundamente arraigado en la memoria sobre los hechos criminales que llevaron a cabo sectores de la sociedad ucraniana que colaboraron con las tropas invasoras alemanas en la II G.M. Los bombardeos criminales sobre población civil de ambas repúblicas por parte del ejército uncraniano, decidido a aplastar la rebelión democrática a sangre y fuego, han sido la respuesta. Antes lo fue en el resto del territorio la ilegalización de partidos de izquierda, entre ellos el comunista, y el asesinato de decenas de personas, quemadas vivas en la Casa de los Sindicatos de Odessa. La pauta fascismo/golpe de Estado/guerra es hoy tan cierta como ayer.

Pero el conflicto no afecta sólo a Ucrania. Hay un interesado deseo por parte de las potencias capitalistas occidentales de criminalizar a Rusía como responsable de los acontecimientos que se viven en Ucrania. Este deseo arranca con la Revolución Naranja de 2004. Ha continuado después de que la población de Crimea decidiera por aplastante mayoría y en referéndum democrático unirse a Rusia. Se ha reforzado con las sanciones económicas a Rusia y con las amenazas de la OTAN, así como con las acusaciones de que los rebeldes antifascistas del Donbass recibían armas de Rusia, mientras miembros militares de países de la OTAN entrenaban y daban apoyo a unidades del ejército ucraniano. Tampoco debemos olvidar la provocación del atentado de falsa bandera perpetrado contra el avión de la compañía Malaysia Airlines en el que viajaban 298 personas del que intentaron culpar a los antifascistas de Donetsk y a Rusia por la supuesta provisión de tecnología militar a los rebeldes para hacerlo. Esto último no fue probado, existiendo indicios más que sobrados de que los disparos provinieron del ejercito ucraniano en la zona, razón por la cual la comisión internacional de investigación sobre este terrible suceso ha ido, oportunamente, provocando silencio informativo sobre el asunto.

Hay un intento de aislar a Rusia en sus propias fronteras por parte de la OTAN y de arruinarla económicamente, buscando que los dirigentes rusos pierdan la paciencia hasta ahora demostrada para así justificar una escalada en el clima bélico ucraniano que implique al vecino ruso.

La huida hacia adelante del gobierno ucraniano envuelto en sus propias tensiones sociales, producto de sus crisis económica y política, y de una guerra contra los antifascistas del Donbass que está perdiendo, se ha visto azuzada por las potencias de la UE, principalmente Alemania, y por la OTAN. Ello ha activado una espiral de violencia que en cualquier momento podría volver a encenderse de nuevo, implicando bélicamente un conflicto de dimensiones hasta ahora desconocidas en Europa, sobre todo si tenemos en cuenta que tanto Ucrania como Rusia poseen armas nucleares.

La debilidad de un Poroshenko que no controla a la totalidad de sus fuerzas armadas, con paramilitares de ultraderecha que actúan autónomamente al mando central en la zona de conflicto bélico y con 3 ministros de origen extranjero (el lituano Aivaras Abromavicius, la estadounidense Natalia Yaresko y el georgiano Alexandr Kvitashvili) muestran no sólo lo peligroso de un gobierno al que bandas armadas ligadas al Euromaidan ignoran sino la subordinación de sus intereses pretendidamente nacionales al servicio de los de Estados Unidos, que lo fiscalizan a través de peones interpuestos.

Es dudoso que la paz apadrinada por Merkel y Hollande y por Putin y Poroshenko se mantenga y ello porque no es suficiente el alto el fuego y la interposición de cascos azules de la ONU, sino una paz justa que implica el reconocimiento de los derechos de soberanía de las repúblicas del Donbass, el fin de la represión contra la población ucraniana de origen ruso y las organizaciones de izquierdas, así como su relegalización por parte del gobierno ucraniano, y el cese de la intromisión desestabilizadora de la UE y la OTAN en Ucrania y contra Rusía.

En cualquier caso, quienes amamos la paz llamamos a la movilización de la sociedad española contra una guerra imperialista que vuelve a retotraernos a los peores recuerdos de la II G.M.

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