COREA: DONDE LO IMPENSABLE ES POSIBLE

Corea: donde lo impensable es posible.

Corea del Norte no quiere la guerra. Sabe que un enfrentamiento con EEUU, que necesariamente implicaría el uso de armas nucleares, acabaría con su propia existencia como estado y la de gran parte de su población. Desafia la lógica más elemental imaginar que un país pobre y con escasa población (25 millones de habitantes) pueda amenazar simultáneamente a la vecina Corea del Sur (51 millones de habitantes), a Japón (127 millones) y a EEUU (323 millones).

Los dirigentes coreanos no son suicidas, pero tienen muy presente que entre 1950 y 1953 (la Guerra de Corea) las tropas norteamericanas cometieron uno de lo más atroces genocidios de la era moderna al asesinar a 3 millones de civiles y destruir el 70% de las ciudades, tanto aliadas como enemigas.  Pyonyang conoce bien sus propias limitaciones; no atacará el primero pero sabe de  las debilidades de su enemigo. De momento, la posesión del arma nuclear le asegura su propia supervivencia. Desde la guerra de Secesión, EEUU jamás ha sufrido una guerra en su propio suelo, menos aún, una de estas características.

Aunque parece imposible, la crisis entre EEUU y Corea del Norte se hace cada vez más crítica y más incontrolable. Las presiones del Consejo de Seguridad de la ONU son similares en muchos aspectos a las que precedieron a las invasiones de Iraq, Libia y la intervención en Siria. El ejército norteamericano intenta rodear militarmente a la RPDC. En estos días la acumulación de fuerza militar es tal que permitiría un ataque por sorpresa contra Corea del Norte. Tal y como ha denunciado el embajador de la RPDC en la ONU, Ja Song Nam, EEUU ha acumulado lo mejor de su armamento en torno a las costas de ese país (desde los ultramodernos f-22 raptor y f-35, hasta las alas de bombardeo estratégico B-1 y B-2 así como cuatro portaaviones con sus flotas de escolta, decenas de submarinos cargados con misiles nucleares…). Por si no fuera suficientemente intimidante y con la excusa de realizar  maniobras navales, cada vez más provocadoras,  se les suman numerosos navíos de guerra de Corea del Sur y Japón. En total, en las maniobras denominadas “Vigiliant Ace” participan más de 200 aviones y unos 12000 soldados. Nunca se había acumulado tal cantidad de material bélico en la zona desde el 53.

El mensaje parece ser triple. Uno, convencer a sus aliados de la necesidad de la guerra, la última gira del presidente Trump por Asia ha pulsado la situación para un probable ataque.  Segundo, enviar un mensaje al presidente de Corea del Norte al que se le exige la rendición incondicional. Tercero enviar otro a China y  Rusia para que se abstengan de intervenir aunque sus ciudades podrían verse afectadas por un ataque nuclear de EEUU.

La RPDC ha enviado tres cartas en 23 días (la última, el 20 de noviembre pasado) al Secretario General de las Naciones Unidas. Las tres misivas alertaban a ese organismo sobre la situación de crisis en el noreste asiático; una crisis que, en palabras de Pyonyang, podrían desencadenar la guerra nuclear. Las tres fueron ignoradas. El llamamiento al Secretario General de las Naciones Unidas insistía en la preparación de EEUU y Corea del Sur para un inminente ataque. El ex general norteamericano Barry McCaffrey, quien fuera el hombre clave de EEUU en el Plan Colombia, reveló en una entrevista  televisada concedida a la cadena local NBC que la guerra contra Corea del Norte ya estaba sobre la mesa del presidente Trump y tenía fecha: verano de 2018.

Es evidente que la falta de propuesta y perspectiva política del presidente Trump a la hora de encarar los conflictos internacionales, unido a su arrogancia, podría conducirlo a una acción poco meditada. Como estamos viendo, las reacciones del inquilino de la Casa Blanca no brillan por su claridad, perspectiva y coherencia. Es una administración noqueada por los escándalos, sometida a la presión del “stablishment” (que recupera más y más posiciones políticas y que ha conseguido que altos cargos de la presidencia de Trump sean depuestos a enorme velocidad) una administración desnortada. No hay estrategia internacional definida con claridad más allá de presionar a Rusia y China, intentando arrinconarlas en el tablero mundial. La diplomacia norteamericana ha reducido su presupuesto y su influencia (están vacantes más de medio centenar de embajadas y cientos de puestos diplomáticos) de modo que en muchos países clave, como Corea del Sur, no tienen embajador. La administración Trump carece de visión de conjunto, solo hay tacticismo, como vimos con el ataque a la base siria de Al Shayrat o el uso de la super bomba (GBU-43) sobre Afganistán. La retórica de EEUU repite machaconamente un término que debería desaparecer del lenguaje en política internacional. La “destrucción total” es el término que conjuga ahora la Casa Blanca.

Esta crisis se agrava por la incapacidad de las NNUU. Se evidencia que este organismo se está convirtiendo en un anexo del Pentágono. ¿Dónde queda la acción de las NNUU propiciando un acuerdo, en lugar de dictar resolución tras resolución condenatoria contra Corea del Norte? ¿Acaso este país no tiene derecho a su defensa? La RPDC no ha atacado a ningún país en los últimos 60 años, bien diferente del intervencionismo militar de Washington, una potencia nuclear que ha violado los artículos 1 y 6 del Tratado de No Proliferación Nuclear. El escenario coreano, como el sirio, el iraquí, el libio o el libanés, es uno más donde se visualiza que las NNUU están perdiendo a marchas forzadas su autoridad moral.

La pregunta que atenaza en realidad a todas las cancillerías es: ¿está dispuesto Trump a arriesgar una guerra contra Corea? Cuando la retórica diplomática ha dejado paso al insulto y a las declaraciones cada vez más atropelladas, las posibilidades de un conflicto militar se acrecientan. En última instancia son múltiples las variables que intervienen en esta ecuación y no es la menor, la propia dinámica interna de los gobernantes; no olvidemos por ejemplo que Bill Clinton desató los bombardeos sobre Belgrado, en plena crisis de sus “affaires sexuales” con  becarias, un movimiento a la desesperada para desviar la atención. La tentación de la casta dirigente en EEUU y del propio Trump podría intentar cubrir las derrotas cosechadas en otros escenarios bélicos con un ataque contra Corea es cada vez mayor.

Los caminos que conducen a las grandes potencias hacia la guerra, en los períodos previos al conflicto, incluyen varios pasos. Es un guión conocido y ensayado. Las administraciones de Bush u Obama antes y ahora Trump lo están siguiendo. Primero, se inventa un enemigo que supuestamente los amenace. Segundo, se inicia una prolongada guerra de propaganda. Tercero se aplican sanciones ilegales que implica la manipulación de los organismos internacionales u ONGDS que legitimen la acción. Cuarto, se declara al país “patrocinador del terrorismo”, así se dificulta aún más la posibilidad de una negociación. Quinto, se movilizan fuerzas militares en las fronteras. Sexto, se celebran ejercicios militares cada vez más provocadores. Séptimo, se utilizan ataques de bandera falsa que justifiquen en última instancia la intervención.

La partida se juega a múltiples bandas. Mientras Trump tantea a aliados como Canadá, la diplomacia china  espera llegar a acuerdos con el presidente de Corea del Sur, en las reuniones que sostendrán este mes en Pekín. El actual presidente coreano, Moon Jae-In, quiere un acuerdo pacífico; sabe que de no alcanzarlo su país se convertiría en el campo de batalla. Pero Corea  del Sur no es sino un país ocupado. El ejército norteamericano ha instalado en su territorio plataformas de misiles antimisiles (el famoso THADD) sin conocimiento del propio ejecutivo surcoreano. Estos sistemas de “defensa antimisil” han sido denunciados por Pekín porque en pocas horas se pueden convertir en sistemas de ataque, no de defensa. El objetivo, China.

Los contactos para reiniciar las conversaciones entre corea del Sur y Pekín obtuvieron un primer fruto en septiembre durante reuniones mantenidas al margen del Consejo de Seguridad de la ONU (evidencia, como decíamos antes, de su propia futilidad). En octubre, Beijing y Seúl acordaron mejorar las relaciones bilaterales. Corea del Norte se había abstenido en ese tiempo de realizar pruebas balísticas relevantes; por el contrario, EEUU rompió el acuerdo tácito realizando vuelos intimidatorios a pocos centenares de metros de la frontera común. Un error de pilotaje, por pequeño que hubiera sido,  podría haber acarreado una catástrofe. Cuando se hicieron públicas las conversaciones entre Corea del Sur y China, Trump respondió preparando las actuales maniobras militares de una envergadura muy superior a cualquiera de las efectuadas hasta el momento. China y Rusia advirtieron que un ataque unilateral de EEUU implicaría la intervención de estas dos potencias. Simultáneamente, las flotas rusa y china realizaban maniobras conjuntas y la aviación militar china realizaba vuelos en la zona de identificación de defensa aérea de china (ADIZ), en un sector del espacio aéreo superpuesto que Japón y Seúl consideran vetado a la aviación china. Tanto Moscú como Pekín saben que en realidad el objetivo no es Corea del Norte, sino China y la costa este de Rusia, especialmente Vladivostok, la única salida al mar libre de hielo durante todo el año para la flota de guerra rusa.

Al músculo militar le acompaña el económico. El  Tesoro de EE. UU. anunció nuevas sanciones contra Corea del Norte, pero especialmente contra empresas e individuos chinos. Washington pretende, aprovechando la actual crisis, estrangular a Corea del Norte más allá de las sanciones de la ONU y, esencialmente, socavar a China económica y estratégicamente. En un intento de evitar la guerra, Rusia y China han aceptado la situación a regañadientes. Aprovechando esta situación, la administración Trump ha decidido sancionar a tres empresas estatales chinas (Dandong Kehua Economy and Trade, Dandong Xianghe Trading y Dandong HongdaTrade). En un rapto de soberbia,  ni siquiera ha intentado justificar su movimiento contra estas compañías, utilizando el argumento de las sanciones de la ONU o el derecho internacional. Estados Unidos ha decidido sancionar arbitrariamente a compañías chinas por acciones anteriores al inicio del bloqueo económico.

Trump pretende la rendición incondicional de Corea del Norte y de camino subordinar a Pekin; así en la gira realizada en el mes de noviembre exigió  que China “actúe más rápido y con mayor eficacia” para obligar a Corea del Norte a capitular. Las sanciones contra las empresas chinas son un elemento de los planes, mucho más amplios de Washington, de guerra comercial contra China. En Beijing, Trump exigió también que China “aborde de inmediato las prácticas comerciales desleales” a fin de reducir su superávit comercial con Estados Unidos.

Todas las cartas están sobre el tablero. Las condiciones para el conflicto se definen. Los pasos se recorren. El guión parece escrito. La superpotencia declinante intenta evitar su decadencia llevando al mundo al borde del colapso. Sólo un auténtico milagro puede detener la tragedia en ciernes. Ojala este análisis se demuestre erróneo.

 

Eduardo Luque.

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